El aula como taller.

El docente junto con el equipo educativo deberían reflexionar durante el camino de nuestro hacer pedagógico, parar y reestructurar objetivos para centrarlos en el niño. Parar, hacer un stop, para responder mejor a esta pregunta teniendo en cuenta las múltiples oportunidades que se nos ofrecen para alcanzar la comprensión de aquellos conocimientos que se deriva de un currículo educativo y que estos tengan una visión más amplia. Una mirada llena de brillo por el interés y la curiosidad prevista en las preguntas o la investigación constante y apetecible por el placer de aprender. Hay una cierta tendencia a compartimentar mucho las áreas del conocimiento a desmembrar los procesos de aprendizaje, a segmentarlos. Por supuesto que hay que profundizar en los conocimientos de una disciplina pero podría ser interesante considerar la conexión y el diálogo de otras áreas del saber. Precisamente el incorporar los modelos de las inteligencias múltiples en los contextos educativos nos permiten considerar todos los ámbitos de la comunicación humana, a considerar los cien lenguajes de un niño como decía Loris Malaguzzi. ¿Se puede elaborar en el aula preguntas desde diferentes campos de pensamiento? ¿Se pueden considerar diferentes interpretaciones ante un problema planteado? ¿Permitimos representar metáforas? ¿Cómo incorporar otras áreas del conocimiento para que confluyan juntas como si de un baile se tratara? Para que esto ocurra necesitamos varios ingredientes; un aula como taller, ganas de experimentar, aceptar el asombro como parte del proceso y tener en cuenta los ritmos de cada uno de los implicados en el proceso educativo; niño y docente. ¿Es acaso tan erróneo creer en la posibilidad de aprender en el asombro, la ética, la belleza, el placer y el rigor que constituyen la base de cualquier conocimiento?





Fotos cedidas por Sara Priede. 

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